Categoría: General

  • Al comienzo del Año Nuevo

    Ruega  por  tus hijos, también por los concebidos y  no nacidos.                                  

    Con la Solemnidad de Santa María Madre de Dios comenzamos un nuevo año. Nos ponemos bajo la protección de la Medianera de todas las gracias y desde este blog le rogamos por España, país desde el que editamos este blog,  especialmente  para que esta sociedad enferma sane y la cultura de la muerte se convierta en cultura de  vida, en todos los sentidos, también de vida de gracia.   

    El Papa Benedicto XVI presidió ayer a las seis en la Basílica Vaticana las primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, con la adoración del Santísimo Sacramento, el canto del tradicional himno del Te Deum de acción gracias y la bendición eucarística. El Pontífice llegó en procesión al altar de la Confesión mientras el coro cantaba el himno Tu es Petrus. En su breve homilía, el Santo Padre afirmó: «Con la encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo y la historia del hombre se abrió a su plenitud en el absoluto de Dios. El tiempo ha sido –se puede decir–“tocado” por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de él ha recibido un significado nuevo y sorprendente: se ha convertido en tiempo de salvación y de gracia». «Es precisamente en esta perspectiva –continuó Benedicto XVI– cómo debemos considerar el paso de un año a otro, para poner nuestra vida bajo el signo de la salvación y para agradecer a Dios habernos dado “’la insólita posibilidad” de ser sus hijos».

    Algunos extractos han sido obtenidos del portal Infocatólica

  • Sobre la música en la liturgia

    La música utilizada en la liturgia de la Iglesia para dar culto a Dios y ayudar a la santificación de los fieles que participan en la celebración de los Sagrados Misterios ha sido siempre objeto de deformaciones, ataques, desvirtuaciones y, más recientemente, ha sufrido un proceso de desmantelamiento y desaparición. Sin embargo, la música sacra es un elemento de gran valor, quizá imprescindible, para una correcta y sana liturgia, agradable a Dios y, por tanto, un verdadero medio de santificación. Como afirma San Pío X, «siendo, en verdad, nuestro vivísimo deseo que el verdadero espíritu cristiano vuelva a florecer en todo y que en todos los fieles se mantenga, lo primero es proveer a la santidad y dignidad del templo, donde los fieles se juntan precisamente para adquirir ese espíritu en su primer e insustituible manantial, que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia. Y en vano será esperar que para tal fin descienda copiosa sobre nosotros la bendición del cielo, si nuestro obsequio al Altísimo no asciende en olor de suavidad; antes bien, pone en la mano del Señor el látigo con que el Salvador del mundo arrojó del templo a sus indignos profanadores.» No es un tema baladí el tema de la liturgia y el canto. Tal es así que la Constitución «Sacrosanctum Concilium» del Vaticano II nos recuerda la importancia y primacía de la acción litúrgica solemne afirmando que «la acción litúrgica reviste una forma más noble cuando los Oficios divinos se celebran solemnemente con canto y en ellos intervienen ministros sagrados y el pueblo participa activamente.»

    En el Motu Propio Tra Le Sollecitudini el Santo Padre San Pío X deja clara unas nociones sobre como debe ser la música litúrgica que quiere que se tomen como norma de ley, no como recomendaciones. Nosotros señalaremos unas cuantas, junto a unos pocos textos magisteriales más.

    En primer lugar nos indica el Romano Pontífice cuáles deben ser las cualidades de la música sacra: santidad, bondad de las formas y universalidad. Por tanto afirma que se debe excluir de la misma todo carácter profano y los caracteres propios de cada cultura han de estar subordinados al carácter sagrado de la música.

    Afirma el documento que el canto gregoriano reúne de forma sublime estas características y «que es, por consiguiente, el canto propio de la Iglesia romana». Así pues «una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano.» Principio recordado por Juan Pablo II en el quirógrafo de música sacra que publicó con ocasión del Motu Propio Tra Le Sollecitudini. También afirma San Pío X que «así pues, el antiguo canto gregoriano tradicional deberá restablecerse ampliamente en las solemnidades del culto» y «procúrese, especialmente, que el pueblo vuelva a adquirir la costumbre de usar del canto gregoriano, para que los fieles tomen de nuevo parte más activa en el oficio litúrgico, como solían antiguamente.» De igual manera reafirma el Vaticano II en la Constitución «Sacrosanctum Concilium» que «la Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana» y, por tanto,  «hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.» Más recientemente, Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis expresó su deseo de «que se valore adecuadamente el canto gregoriano como canto propio de la liturgia romana.»

    San Pío X enseña que el canto polifónico clásico propio del siglo XVI es una música válida para la liturgia y que, por tanto, «también esta música deberá restablecerse copiosamente en las solemnidades religiosas, especialmente en las basílicas más insignes, en las iglesias catedrales y en las de los seminarios e institutos eclesiásticos, donde no suelen faltar los medios necesarios.» De igual forma se pronuncia el Vaticano II, «los demás géneros de Música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los Oficios divinos.»

    Sobre el texto litúrgico afirma S.S. Pío X que «la lengua propia de la Iglesia romana es la latina, por lo cual está prohibido que en las solemnidades litúrgicas se cante cosa alguna en lengua vulgar». Pío XII desarrolla este punto en su encíclica Musicae Sacrae donde afirma respecto a la música religiosa popular –o en lengua vernácula- que «por eso, aunque hemos escrito antes que no se deben emplear durante las misas cantadas solemnes sin permiso especial de la Santa Sede, con todo en las misas rezadas [misas no cantadas] pueden ayudar mucho a que los fieles no asistan al santo sacrificio como espectadores mudos e inactivos, sino que acompañen la sagrada acción con su espíritu y con su voz y unan su piedad a las oraciones del sacerdote, con tal que esos cánticos se adapten bien a las diversas partes de la misa.» De estos cantos religiosos populares afirma Pío XII que «para que estos cánticos produzcan fruto y provecho espiritual en el pueblo cristiano es necesario que se ajusten plenamente a la doctrina de la fe cristiana, que la presenten y expliquen en forma precisa, que utilicen una lengua fácil y una música sencilla, que eviten la ampulosa y vana prolijidad en las palabras y, por último, aun siendo cortos y fáciles, presenten una cierta dignidad y una cierta gravedad religiosa.» Sobre el uso del latín el Vaticano II ha dicho «guárdese el uso de la lengua latina en los ritos latinos.»

    Sobre los instrumentos musicales, el Motu Propio de San Pío X afirma «si bien la música de la Iglesia es exclusivamente vocal, esto no obstante, también se permite la música con acompañamiento de órgano. En algún caso particular, en los términos debidos y con los debidos miramientos, podrán asimismo admitirse otros instrumentos; pero no sin licencia especial del Ordinario.» Principio reiterado por Pío XII y el Vaticano II.

    San Pío X continúa: «los cantores desempeñan en la Iglesia un oficio litúrgico; por lo cual las mujeres, que son incapaces de desempeñar tal oficio, no pueden ser admitidas a formar parte del coro o la capilla musical.» Además recalca que «no se admitan en las capillas de música sino hombres de conocida piedad y probidad de vida.»

    En definitiva, no cabe duda del alejamiento radical que existe entre los textos magisteriales y la realidad cotidiana de nuestras parroquias. Los jóvenes de la Iglesia hemos sido privados de conocer la exquisita y maravillosa tradición musical litúrgica de la Iglesia romana, aquélla que mejor prepara al alma para recibir la gracia divina y que, como suave perfume, sirve para dar culto a Dios, origen de toda armonía y toda belleza.

    Antes de terminar quisiera poner un extracto de la Encíclica de Pío XII que por su belleza y su profundidad me parece una lástima que quede ignorada u olvidada.

    «A nadie sorprenderá que la Iglesia se interese tanto por la música sagrada. No se trata, es verdad, de dictar leyes de carácter estético o técnico respecto a la noble disciplina de la música; en cambio, es intención de la Iglesia defenderla de cuanto pudiese rebajar su dignidad, llamada como está a prestar servicio en campo de tan gran importancia como es el del culto divino.

    En esto, la música sacra no obedece a leyes y normas distintas de las que rigen en toda forma de arte religioso. No ignoramos que en estos últimos años, algunos artistas, con grave ofensa de la piedad cristiana, han osado introducir en las iglesias obras faltas de toda inspiración religiosa y en abierta oposición aun con las justas reglas del arte. Quieren justificar su deplorable conducta con argumentos especiosos que dicen deducirse de la naturaleza e índole misma del arte. Porque van diciendo que la inspiración artística es libre, sin que sea lícito someterla a leyes y normas morales o religiosas, ajenas al arte, porque así se lesionaría gravemente la dignidad del arte y se dificultaría con limitaciones y obstáculos el libre curso de la acción del artista bajo el sacro impulso del estro.

    Argumentos que suscitan una cuestión, grave y difícil sin duda, que se refiere por igual a toda manifestación artística y a todo artista; cuestión, que no se puede solucionar con argumentos tomados del arte y la estética, antes se debe examinar a la luz del supremo principio del fin último, norma sagrada e inviolable para todo hombre y para toda acción humana. Porque el hombre se ordena a su fin último —que es Dios— según una ley absoluta y necesaria fundada en la infinita perfección de la naturaleza divina; y ello de una manera tan plena y tan perfecta, que ni Dios mismo podría eximir a nadie de observarla. Esta ley eterna e inmutable manda que el hombre y todas sus acciones manifiesten, en alabanza y gloria del Creador, la infinita perfección de Dios y la imiten cuanto posible sea. Por eso, el hombre, destinado por su naturaleza a alcanzar este fin supremo, debe en sus obras conformarse al divino arquetipo y orientar en tal dirección todas sus facultades de alma y cuerpo, ordenándolas rectamente entre sí y sujetándolas debidamente a la consecución del fin. Por lo tanto, también el arte y las obras artísticas deben juzgarse por su conformidad al último fin del hombre; y el arte ciertamente debe contarse entre las manifestaciones más nobles del ingenio humano, pues tiende a expresar con obras humanas la infinita belleza de Dios, de la que es como un reflejo. En consecuencia, el conocido criterio de «el arte por el arte» —con el cual, al prescindir de aquel fin que se halla impreso en toda criatura, se afirma erróneamente que el arte no tiene más leyes que las derivadas de su propia naturaleza— o no tiene valor alguno o infiere grave ofensa al mismo Dios, Creador y fin último. Mas la libertad del artista —que no significa un ímpetu ciego para obrar, llevado exclusivamente por el propio arbitrio o guiado por el deseo de novedades— no se encuentra, cuando se la sujeta a la ley divina, coartada o suprimida, antes bien se ennoblece y perfecciona.»

    Para terminar, unas pocas piezas de canto gregoriano y de polifonía, tanto del Renacimiento como de autores del cecilianismo.

    Canto Gregoriano

    http://www.youtube.com/watch?v=d5p_U8J0iRQ

    http://www.youtube.com/watch?v=HfecfQhgeOI

    http://www.youtube.com/watch?v=7VVrFdURVPw

    Giovanni da Palestrina

    http://www.youtube.com/watch?v=VhpQgOpFEsY

    http://www.youtube.com/watch?v=BXQuOQccCWA

    http://www.youtube.com/watch?v=y28ZRYF9Q-4

    Tomás Luis de Victoria

    http://www.youtube.com/watch?v=g-cAhz3OfUE

    http://www.youtube.com/watch?v=LmFj5zbuOn0

    http://www.youtube.com/watch?v=_RQ3KCRxnrI

    Lorenzo Perosi

    http://www.youtube.com/watch?v=B5Kn0tXYsmI

    Cristóbal de Morales

    http://www.youtube.com/watch?v=Nw5XPzB4Tmw

    http://www.youtube.com/watch?v=PVObGnJCtAA

    http://www.youtube.com/watch?v=R6nJ6jiT3eQ

    Francisco Guerrero

    http://www.youtube.com/watch?v=Oe_B4FDANQM

    http://www.youtube.com/watch?v=yBEVo1z3V1c

    Pedro de Escobar

    http://www.youtube.com/watch?v=_b160UtWLUs

    http://www.youtube.com/watch?v=SnffIGKrTxw

  • Liturgia Papal

    Publicamos y comentamos a continuación una serie de fotografías correspondientes a la tradicional Misa del Gallo, celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

    La Liturgia Papal tiene un fuerte sentido aleccionador para todas las Iglesias Particulares.

    Observamos en esta imagen que nada se  ha dejado a la improvisación: escrupuloso orden, simetría, utilización de sotana y roquete.

    Utilización de cuidados y hermosos ornamentos de corte antiguo: dalmáticas tradicionales, albas caladas, roquetes calados. Todo en la Iglesia, incluida la liturgia, ha de entenderse en comunión con la tradición, lo que se ha venido a llamar  hermenéutica de la continuidad en contraposición a la concepción rupturista.  Ojala que vuelvan a utilizarse en nuestras parroquias tantos ornamentos antiguos que han sido desterrados a las sacristías y museos de arte sacro.

    La santa cruz es colocada en el centro del altar, acompañada de seis candeleros y uno más por tratarse de Pontifical. El sacerdote no es el protagonista. La cruz de altar no es un estorbo, ni un mero adorno, nos recuerda el carácter sacrificial de la Misa, así como saber para Quién y por Quién celebramos.

    En esta imagen queda manifestado el exquisito cuidado de la celebración, nótese la simetría y la correcta colocación de las manos en actitud orante.

    Obsérvese el uso del amito.

    Bellos y dignos vasos sagrados.

    Todas aquellas personas que se acercan a recibir a Jesucristo Sacramentado  de manos del Santo Padre han de hacerlo según la norma universal de la Iglesia, es decir, de rodillas y directamente en la boca. Nótese la utilización de la  bandeja de comunión para salvaguardar la caída de cualquier partícula. Sería recomendable educar a los fieles en la norma general de la Iglesia o, al menos, mediante la colocación de comulgatorios y reclinatorios, facilitar la posibilidad de hacerlo a aquellos que deseen comulgar de esa forma.

    El uso del latín, el canto gregoriano, los momentos de silencio, son otros elementos a subrayar en la celebración.

    Las imágenes han sido extraídas de la web The New Liturgical Movement

  • Feliz y Santa Navidad

    “Hoy, como en los tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad en búsqueda de la paz verdadera. La Navidad es “una profecía de paz para cada hombre”.  Esta profecía empeña a los cristianos “a meterse en las cerrazones, en los dramas, a menudo desconocidos y escondidos, y en los conflictos del contexto en el que vive, con los sentimientos de Jesús, para ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz”. Los cristianos, deben “ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor adonde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error”.Dios será la paz.  A nosotros nos toca abrir, desatrancar las puertas para acogerlo.  Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiémonos a su sabiduría y bondad. Busquemos ante todo el Reino de Dios, y la Providencia nos ayudará. Este año, en Belén y en el mundo entero,  se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad”.

    Benedicto XVI.

    Extraído del blog Laetare Jerusalem

  • A los teólogos modernistas

    Con este oportuno  rotulo hemos titulado  la exhortación que el Papa ha realizado con motivo de la sesión plenaria anual de la Comisión Teológica Internacional, celebrada estos días en el Vaticano.  

    Extraído de la Buharidlla de Jerónimo

    En la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, que fue nuevamente abierta al culto hace algunos meses como informábamos en la Buhardilla, el Papa Benedicto XVI presidió hoy la Santa Misa, en la que participaron los miembros de la Comisión Teológica Internacional, reunida en estos días en el Vaticano para su sesión plenaria anual. El Papa, dando una vez más el ejemplo, celebró la Santa Misa ad orientem y pronunció una fuerte homilía en la que hizo una severa crítica a la teología contemporánea. El verdadero teólogo es aquel que no cede a la tentación de medir con la propia inteligencia el misterio de Dios, con frecuencia vaciando de sentido la figura de Cristo. Es aquel que tiene conciencia de la propia limitación, como lo fueron muchos grandes santos reconocidos también como grandes maestros. En cambio, el prototipo del teólogo presuntuoso que estudia la Sagrada Escritura como ciertos científicos estudian la naturaleza – es decir, con una frialdad académica que pretende hacer una vivisección del misterio e ignora la chispa de lo trascendente – el Papa lo reconoce en los antiguos escribas que indican a los Magos el camino hacia Belén. Para ellos, se trata de un conocimiento académico que no afecta su vida. Ellos, observa, son “grandes especialistas que pueden decir dónde nace el Mesías” pero “no se sienten invitados a ir”. La noticia “no toca su vida, permanecen fuera. Pueden dar información pero la información no se convierte en formación para la propia vida”. “Y así, también en nuestro tiempo, en los últimos doscientos años, observamos lo mismo. Hay grandes eruditos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura, de la historia de la salvación. Pero no han podido ver el misterio mismo, el verdadero núcleo: que éste Jesús era realmente el Hijo de Dios, que el Dios trinitario entra en nuestra historia, en un determinado momento histórico, siendo un hombre como nosotros”. “Se podrían enumerar con facilidad los grandes nombres de la historia de la teología de estos doscientos años, de los cuales hemos aprendido mucho pero que no han abierto los ojos de su corazón al misterio”. El Papa se refirió a “un modo de usar la razón que es autónomo, que se pone por encima de Dios, en toda la gama de las ciencias, comenzando por las ciencias naturales donde un método que se adopta para la investigación de la materia debe ser universalizado: en este método, Dios no entra, por lo tanto, Dios no existe”. Y fue aún más severo con cierta teología que mortifica lo divino y de la cual explica sus defectos con una eficaz imagen: “Se pesca en las aguas de la Sagrada Escritura con una red que permite sólo una cierta medida para los peces, y todo aquello que está más allá de esta medida no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. Y así, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico, realmente una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, uno que ha quedado en el sepulcro, está corrompido, es realmente un muerto”. Se trata de un método que “sabe pescar ciertos peces pero excluye el gran misterio porque el hombre se hace él mismo la medida y tiene esta soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad, que absolutiza ciertos métodos que no son aptos para las grandes realidades (…) Es la especialización que ve todo los detalles pero ya no ve la totalidad”. La historia de la Iglesia, sin embargo, está repleta de hombres y mujeres capaces de reconocer su pequeñez frente a la grandeza de Dios, capaces de humildad y de llegar a la verdad. Y de esta larga lista, Benedicto XVI cita algunos nombres: “Desde Bernadette Soubirous a Santa Teresa de Lisieux, con una nueva lectura de la Sagrada Escritura, no científica, sino entrando en el corazón de la Sagrada Escritura, hasta los santos y beatos de nuestro tiempo: sor Bakhita, madre Teresa, Damián de Veuster. Podríamos nombrar muchos”. “A los pies de la cruz está la Virgen, la humilde esclava de Dios y la gran mujer iluminada por Dios. Y está también Juan, pescador del lago de Galilea, aquel Juan que la Iglesia llamará justamente ‘el teólogo’. Porque realmente ha sabido ver el misterio de Dios y anunciarlo. Con ojos de águila entró en la luz inaccesible del misterio divino. Así también, después de su resurrección, el Señor, en el camino hacia Damasco, toca el corazón de Saulo, que es uno de los sabios que no ven. Él mismo, en la primera carta a Timoteo, se llama ignorante en aquel tiempo a pesar de su ciencia. Pero el Resucitado lo toca. Se queda ciego y se convierte realmente en alguien que ve. Comienza a ver. El gran sabio se hace pequeño y precisamente así ve la necedad de Dios que es sabiduría, sabiduría más grande que todas las sabidurías humanas”. “En este momento – afirmó el Papa – queremos rezar para que el Señor nos dé esta humildad verdadera. Que nos conceda la gracia de ser pequeños para poder ser realmente sabios. Que nos ilumine y nos haga ver su misterio del gozo del Espíritu Santo, que nos ayude a ser verdaderos teólogos que pueden anunciar su misterio porque hemos sido tocados en la profundidad de nuestro corazón y de nuestra existencia”.

  • Acertada iniciativa

    El Arzobispo de Lyon, Francia, Philippe, Cardenal Barbarin, abrirá el próximo año un Seminario «biformalista», en su diócesis. El Seminario estará dedicado a las dos Formas del Rito Romano, y se oficiará diariamente en su capilla con el misal del Beato Juan XXIII. El anuncio ha sido hecho por el padre Laurent Spriet, en el reciente congreso celebrado en Versalles.

    Extraido de Una Voce Málaga

  • Libertad y Castidad

    Para el mundo de hoy y, especialmente, para ciertos sectores del mundo actual la castidad es algo incomprensible, una especie de locura senil producto de tiempos oscuros ya arcaicos. Y es que el hombre moderno, con una visión mundana de la libertad y del fin de la vida anda, ciertamente, descarriado.

    Siguiendo la distinción de libertad que hace Isaiah Berlin hoy predomina la visión negativa de libertad que consiste en considerarse uno libre cuanto más cosas puede hacer y menos intervención en la esfera individual hay. Es la libertad que Castellani bautizó como la libertad del ¡déjeme en paz! Si a su vez sumamos que el fin último de la existencia se identifica con el placer tenemos una mezcla explosiva: se busca por principio la libertad más aberrante de todas, la libertad para hundirse en los cienos de los placeres más depravados y enfermizos. Es la consagración de la libertad para el vicio, buscando siempre mayores cotas de depravación y libertad para practicarlas. Es el grito de Nietzsche de ser fieles a la tierra, de vivir para la tierra.

    Sin embargo, igual que el Alexey de Los Hermanos Karamazov de Dostoievsky, hay algunos espíritus que no se conforman con vivir como animales. Y que convencidos tras serias reflexiones de que Dios y la inmortalidad existen se dicen naturalmente: «quiero vivir para la inmortalidad. No admito compromisos». Entonces se da la libertad positiva siguiendo con la distinción de Berlin. Aquél que quiere vivir para la inmortalidad, aspirando a los bienes eternos y orientando su voluntad a su posesión se da cuenta de cuantas y cuantísimas cadenas le tienen atado a la tierra y le alejan de tan elevados propósitos. Y con trabajo firme y duro va rompiendo cadenas, desembarazándose de la esclavitud terrena y conquistando el Cielo. La libertad así se convierte en un proceso de conquista interior que a su vez sirve para conquistar la inmortalidad. Y en este luchar y guerrear uno encuentra una cadena especialmente fuerte y robusta, que es la de los placeres carnales. Y una vez destruida esta cadena que nos agarra con fuerte tenaza a la tierra, se ama y se protege grandemente el gran valor de la castidad. La castidad se torna el gran triunfo, el gran bien a cuidar y proteger. La castidad es la cima de la montaña que se ha conquistado, la piedra preciosa que se ha ido a buscar en peligrosa expedición, la corona de la victoria.

    Las cosas en la tierra terminan como polvo y ceniza, mas la inmortalidad… ¡ah, la inmortalidad!

  • Jesucristo Rey del Universo

    Celebramos con la Iglesia militante, purgante y triunfante la Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, en la cual confluye en plenitud todo el año litúrgico y toda la historia del mundo.

    No se puede comprender el sentido originario que esta fiesta tiene sino a la luz de lo que los Papas del siglo XIX y XX, uno tras otro, han venido denunciando con gran energía, relativo a lo que podríamos llamar el liberalismo y sus consecuencias: la secularización y apostasía del mundo moderno. Un breve repaso histórico nos ayudará a comprender un poco más la importancia capital de esta celebración y la razón por la cual fue instituida en nuestros tiempos.

    El reconocimiento indiscutible de la realeza social de Cristo fue aquello que conformó la Europa de la Cristiandad medieval. Luego de la evangelización de los pueblos bárbaros se constituyó esta sociedad orgánica y estructurada como Civitas Dei, ciudad de Dios, con Cristo Rey como su cabeza. Este fue el cimiento sólido que sostuvo esos siglos de cristiandad y permitió aquel gran desarrollo filosófico, teológico y cultural.  Esto no lo digo yo. Cito un testimonio autorizado entre otros. Decía el Papa León XIII en su encíclica Inmortale Dei:

     «Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados; entonces, aquella energía propia de la sabiduría de Cristo y de su divina virtud había compenetrado todas las leyes, las inteligencias, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las capas sociales y todas las manifestaciones de la vida de las naciones. Tiempo en que la religión fundada en Jesucristo estaba firmemente colocada en el sitial que le correspondía en todas partes, gracias al favor de los príncipes y la legítima protección de los magistrados; tiempo en que al sacerdocio y al poder social unían auspiciosamente la concordia y la admirable correspondencia de mutuos deberes. Organizada de este modo la sociedad, produjo un bienestar muy superior a toda imaginación. Aún se conserva la memoria de ello, y ella perdurará grabada en un sinnúmero de monumentos de aquellas gestas, que ningún artificio de los adversarios podrá jamás destruir u oscurecer» (nº 9).

    Sin embargo, en el siglo XIV comienza lo que Karol Wojtyla, en Signo de Contradicción, llama el despliegue de una anti-palabra, que fue evolucionando y minando el principio y fundamento de aquella sociedad, reemplazando la realeza efectiva de Cristo por la Razón de Estado. Esta corriente de la autoafirmación del hombre como lo absoluto y en lo social como si el Estado fuese Dios, en un largo y complejo desarrollo culmina en las grandes y destructoras síntesis de los filósofos del siglo XIX (principalmente Kant y Hegel), pasando por la Revolución francesa. A través de este proceso se llega a constituir y consolidar una especie de «reinado social del liberalismo»: una sociedad que, a nivel de principios, declara la completa independencia de la libertad humana y niega, por consiguiente, toda autoridad superior al hombre, sea en el orden intelectual, político o religioso. Viene a ser una especie de naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios. Así pues, rechazado el suave yugo de la realeza social de Cristo, el mundo ha caído en desorden y tinieblas, quedando cautivo bajo el poder del príncipe de este mundo, que es «homicida desde el principio» (cf. Jn 8, 44). San Juan lo dice explícitamente: «el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Jn 5, 18-19)

     Los grandes filósofos ilustrados han buscado un orden social nuevo, con fundamento en sus principios racionalistas y panteístas, una auto-redención inmanente y última que hará venir finalmente la paz social al mundo. Todos estos conceptos han sido tomados del cristianismo y asumidos en una visión inmanente, secularista y antiteísta. El marxismo, concretamente, no es sino la expresión histórica de un «mesianismo secularizado intrínsecamente perverso» (como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 676). En estas grandes síntesis filosóficas de los siglos XVII, XVIII y XIX se encuentra una explicación coherente de la negación del orden natural en los regímenes democráticos actuales. Y también una explicación al fenómeno de la pérdida masiva de la fe en el occidente contemporáneo, especialmente en los países ricos. Las políticas en contra de la familia, y a favor de la eutanasia, el aborto y el homosexualismo son una muestra más de estas poderosas y perversas ideologías. Y es notable que esto lo saben pocas personas por no darse el trabajo de estudiar a estos filósofos de la modernidad (Descartes, Rousseau, Spinoza, Kant, Hegel y otros).

    Pero la Sabiduría divina, revelada con toda plenitud en el Verbo encarnado, dice verdades muy diferentes. San Pablo escribe de Cristo: «Es necesario que Él reine» (1 Co 15, 25), y más adelante: «Cuando hayan sido sometidas a Él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel [al Padre] que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Co 15, 28). Pues ciertamente a nuestro Señor Jesucristo le ha sido dado ya «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), y «su Reino no tendrá fin» (Lc 1,33).

    Los Papas del siglo XX han hablado con fuerza y frecuencia de esta inmensa tragedia del secularismo laicista. Pío XI, previendo con toda certeza que, por el camino del «laicismo» o «secularismo», que separa la vida pública de la revelación cristiana y de la autoridad de la Iglesia, se llegaría «a la total ruina de la paz doméstica, al relajamiento de la unión y de la estabilidad de la familia, y finalmente, a la destrucción de la humana sociedad», presentaba en 1925 la profesión de la realeza de Cristo sobre las sociedades como norma necesaria y urgente para nuestro tiempo, afirmando que «nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador» (Enc. Quas Primas). Y añade algo hoy muy ignorado, e incluso negado, que tiene más validez aun para los cristianos, en especial para los fieles laicos de nuestro tiempo: «Ciertamente sería responsabilidad de los católicos preparar y apresurar con su actividad y su trabajo aquel retorno de la sociedad humana a Cristo; pero las más de las veces no parecen estar presentes en la vida social con aquella autoridad de que no deberían carecer los que tienen en su mano la antorcha de la verdad. Esto hay que atribuirlo a la indolencia y timidez de los buenos, que se abstienen de la resistencia, o que resisten blandamente: de donde se sigue necesariamente el que los enemigos de la Iglesia actúen con mayor temeridad y audacia. Pero si todos los fieles entendiesen su deber de combatir con esfuerzo y constancia bajo la bandera de Cristo Rey, ciertamente se aplicarían con celo apostólico a reconciliar con Dios los espíritus hostiles o ignorantes y se esforzarían por defender incólumes sus derechos» (ib. nº 25)

    En este mismo documento, el Papa Pío XI instituye la Solemnidad Litúrgica de Cristo Rey pues «…al hacer esto no sólo colocamos a plena luz la soberanía que Cristo tiene sobre todo el universo, sobre la sociedad, tanto civil como doméstica, y sobre los individuos, sino también sentimos de antemano el gozo de aquel día lleno de presagios en el que todo el orbe gustosa y voluntariamente obedecerá el suavísimo dominio de Cristo Rey» (ib.).

    Por tanto, el sentido de la Solemnidad que celebramos es, pues, afirmar el sometimiento de todas las cosas, las del cielo y, sobre todo, las de la tierra —la cultura, la economía, la política, la historia y la humanidad entera—, a Cristo Rey, en un momento histórico en que el mundo occidental pretende haber alcanzado su mayoría de edad, precisamente al liberarse del yugo de la Iglesia Católica. Proclamamos con esta festividad que lo que celebramos hoy litúrgicamente acontecerá, esto es, que el mundo entero, individuos y sociedad, se someterá a Jesucristo.

    Dice el Concilio Vaticano II que «con la Encarnación del Verbo eterno, la plenitud de los tiempos ha llegado a nosotros, y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada» (LG 48). Tal es el fin que la Revelación anuncia y asegura: «El reino de este mundo ha llegado a ser de Nuestro Señor y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos» (Ap 11,15). Entonces «Dios fijará su tienda entre ellos y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos como Dios suyo, y enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no existirá ya más, ni habrá ya más duelo, ni grito ni trabajo.» (Ap 21,3-4). Así se cumplirán las palabras de nuestro Señor Jesucristo: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Por eso, nuestra esperanza debe estar puesta en estas palabras que expresan lo que forzosamente ha de suceder en la historia del mundo. Es una realidad que no tiene vuelta, aunque nos parezca que el mundo camina hacia un fin contrario. «Reinaré a pesar de mis enemigos», decía el Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque.

    La Virgen Santísima, por obra del Espíritu Santo, es la Madre que nos entrega al Rey de un Reino nuevo y eterno, terreno y celestial. Ella, como dice el Vaticano II, «de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (LG 68). Esas palabras nos recuerdan aquellas de San Luis María Grignon de Montfort: «Por medio de la Santísima Virgen vino Jesucristo al mundo y por medio de Ella debe también reinar en el mundo (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, I, 1)

    Celebremos, por tanto, esta Solemnidad llenos de profunda alegría y esperanza en que llegará pronto el día en que todo tendrá a Cristo por Cabeza, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra (cf. Ef 1, 10). Encomendémonos a la Reina del Cielo y a todos los Santos. Que ellos nos alcancen la gracia de orar y trabajar sin descanso por la instauración del Reinado de Cristo en las almas y en toda la sociedad. A Él sea el honor y la gloria en la Iglesia y en el mundo por los siglos de los siglos. Amén

    P. Petrus Paulus Mariae Silva